Pamplona Actual

Reflexiones de los nietos de la Nakba

La llave de la abuela. Por Ola Arafat

Publicado: 15/05/2026 ·
17:11
· Actualizado: 15/05/2026 · 17:12
  • La llave de la abuela -

Nací en una familia que guarda en su memoria el aroma de una ciudad que nunca he visto, una ciudad cuyo nombre mi abuela pronunciaba cada vez que me sentaba a su lado: Haifa.
Lo decía como quien recita una plegaria antigua, nacida de un rincón hondo del alma.

Mi abuela fue expulsada de Haifa en 1948, cuando había cumplido los dieciséis. Recién casada, cargaba en brazos a su hijo mayor, de un año y medio —mi tío—, y cobijaba en su vientre a su segundo hijo… mi padre.

Huyó junto a su esposo y algunos familiares cuando el humo empezó a levantar columnas oscuras sobre las casas, y el miedo se convirtió en una sombra que se arrojaba sobre sus pasos. No pudieron llevarse nada de su hogar salvo una llave… la llave que quedó como único testigo de una vida arrancada de cuajo.

Llegaron a Gaza y, como a miles de otros, les dejaron caer allí, en el campamento que más tarde se transformaría en su refugio forzoso.

En sus primeros días, el campamento no era más que tierra desnuda, hileras de tiendas blancas y raídas bajo un sol implacable, largas colas para conseguir agua y harina, y callejuelas estrechas formadas con planchas de metal y maderas encontradas aquí y allá.

Allí, entre la pobreza, el hacinamiento y la carencia, mi abuela levantó su vida. Una vida distinta a la que dejó atrás en Haifa, pero que se empeñó en sostener con dignidad.

Mi padre creció en aquellos pasillos polvorientos. Yo, en cambio, crecí después solo en el recuerdo, porque me fui de Gaza siendo una joven de veinte años… y la abandoné sin saber que no volvería jamás.

Era la nieta más cercana a mi abuela; aunque los años entre nosotras fueran largos, nunca nos separaron. Cada vez que me sentaba a su lado, posaba la mano sobre mi pelo y murmuraba: "No lo olvides, hija mía… la llave no es solo de la casa, es la llave del regreso".

Tiempo después, tomé la decisión de viajar a España para reunirme con mi marido. Cuando se lo conté a mí abuela, guardó un silencio que me heló. Temí ver en sus ojos un reproche… pero sonrió. Una sonrisa hecha de resignación y ternura, con un nudo escondido al fondo.

Abrió entonces su baúl de madera y sacó de él la vieja llave. Era pesada, más grande que mi propia mano, como si albergara dentro siete décadas de historias detenidas.

Me la entregó despacio y dijo: "Yo no volví… y quizá no vuelva nunca. Pero puede que tú, o tus hijos… uno de vosotros llevará este compromiso adelante".

Me fui. Y los días empezaron a caer, uno tras otro, igual que caen las hojas cuando ya no queda verano.

No he regresado a Gaza desde entonces. Un cuarto de siglo llevo viviendo lejos, y mis cuatro hijos jamás han pisado la tierra de Palestina.

Nunca volví a ver a mi abuela. La muerte se la llevó en 2016, sin aviso, sin despedida, sin que pudiera tocar su mano por última vez.

En mi memoria quedó para siempre sentada frente a la puerta de aquella casita del campamento, bajo el sol del mediodía, mirando el horizonte con la paciencia de quien espera lo imposible.

El tiempo siguió su curso, pero el sueño no se fue. Sus palabras siguen resonando en mis oídos cada instante.

En los últimos años la Nakba volvió a hacerse presente… Ya no era un capítulo antiguo, sino una herida nuevamente abierta. Los palestinos de Gaza volvían a vivir lo que vivieron sus abuelos, como si la historia se empeñase en repetir su propio dolor.

Los hijos de la primera Nakba vieron a sus hijos y nietos experimentar lo mismo que ellos vivieron hace más de siete décadas. Algunos, incluso, cargan hoy la pesadumbre de una segunda Nakba sobre la anterior.

Cada noche, al mirar la llave colgada sobre mi cama —la misma llave que mi abuela llevó consigo desde Haifa—, me asaltan las mismas preguntas que persiguen a todos los que fueron arrancados de sus hogares:

  • ¿Volveremos algún día?
  • ¿Nos pertenecerá, aunque sea por un instante, esta tierra que no olvida a los suyos, una tierra que vive en nosotros aunque no podamos vivir en ella?
  • ¿Me tocará revivir lo que vivió mi abuela?
  • ¿Tendré que buscar entre mis hijos a quien continúe el camino, ahora que estoy a las puertas de los cincuenta?

Miro sus cuatro rostros, tan distintos y tan míos, y me pregunto en un susurro que solo mi corazón escucha: ¿Cuál de ellos llevará esta llave cuando yo ya no esté? ¿Cuál dará el primer paso hacia la puerta que lleva más de setenta años esperando ser abierta?

Por Ola Arafat

ÚNETE A NUESTRO BOLETÍN