Pamplona Actual

El periodo de adaptación… de los abuelos

"Para cuando el crío se ha adaptado al colegio, los padres necesitan una baja por ansiedad"

Publicado: 04/09/2026 ·
10:00
· Actualizado: 04/09/2026 · 13:02

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  • Aula infantil (colegio de Sesma)

Llega septiembre a Pamplona.

Se acabó el pueblo, la piscina, las fiestas de aquí y de allá y ese maravilloso sistema educativo de verano que consiste básicamente en preguntar:

—¿Dónde están los críos?


—Por ahí.

Y quedarte tan ancho.

Ahora toca volver al cole.

Y con la vuelta al cole llega una cosa que, por lo menos los que peinamos alguna cana, no recordamos haber vivido jamás: el periodo de adaptación.

Que no digo yo que esté mal, ojo.

Seguro que hay pedagogos, psicólogos y gente que sabe muchísimo más que yo que puede explicar perfectamente por qué es bueno que la criatura vaya entrando poco a poco.

El lunes, una horica.

El martes, hora y media.

El miércoles, dos.

El jueves, dos horas y cuarto, pero solo si Mercurio está alineado con Saturno y el niño ha mostrado predisposición emocional hacia la plastilina.

Y el viernes ya veremos.

Pues majo.

Para cuando el crío se ha adaptado al colegio, los padres necesitan una baja por ansiedad.

Porque claro, alguien tendrá que recoger a esa criatura a las diez y veinte de la mañana.

Y aquí llega la gran pregunta:

¿Quién?

Porque a las diez y veinte ocurre una cosa bastante habitual entre los adultos: estamos trabajando.

Así que empieza la operación.

—Oye, ama… ¿qué hacéis mañana?

Silencio.

Porque nuestras madres ya se saben esa pregunta.

“¿Qué hacéis mañana?” nunca significa:

“He pensado que podíamos ir a tomar un café tranquilamente”.

No.

Significa:

“Necesito que mañana estés a las 10:17 en la puerta del colegio, recojas al pequeño, le des el almuerzo, lo entretengas tres horas y, si no es mucha molestia, pasado mañana lo mismo, pero a las 11:05”.

Y ahí aparecen ellos.

Los abuelos.

La verdadera infraestructura crítica de Navarra.

Más importantes para la conciliación que cualquier plan estratégico, cualquier comisión y cualquier folleto de esos que llevan en la portada una familia sonriente que claramente no tiene que fichar a las ocho.

Ahí tienes al abuelo cruzándose Pamplona.

De San Juan a Mendillorri.

De Iturrama a la Rochapea.

De Barañáin a donde Cristo perdió el mechero si hace falta.

Con la mochila del nieto en una mano, la chaqueta en la otra porque “a la mañana refresca”, y preguntándose en qué momento de su jubilación aceptó convertirse en una mezcla de taxista, cuidador, cocinero y coordinador logístico.

Y nosotros mientras tanto mandando WhatsApps:

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Ha llorado?

—No.

—¿Ha comido?

—Sí.

—¿Qué ha comido?

Y ahí el abuelo seguramente pensando:

“Aibalaostia, déjame en paz, que crié tres hijos sin WhatsApp y siguen vivos.”

Porque esa es otra.

Yo intento acordarme de mi propio periodo de adaptación al colegio.

Y no me sale.

Creo que fue más o menos así:

Mi madre me llevó.

Me dejó.

Y volvió a buscarme cuando acabó el cole.

Fin del programa pedagógico.

Igual lloré.

Seguramente.

Pero en aquellos tiempos el protocolo era bastante sencillo:

—Ya se le pasará.

Y oye.

Se nos pasó.

Que tampoco quiero ponerme en plan “antes sí que sabíamos criar”, porque esa frase suele ser el comienzo de una conversación que termina con alguien explicando que viajábamos ocho niños en un Renault 12 sin cinturón y “aquí estamos”.

Sí.

Aquí estamos.

De milagro algunos.

Y está fenomenal que ahora sepamos más. Que cuidemos más las emociones de los críos. Que entendamos que empezar el colegio puede ser un cambio enorme para un niño de tres años y que no todos lo viven igual.

Todo eso me parece estupendo.

Pero igual —solo igual— hemos montado un sistema de adaptación infantil que necesita que cinco adultos adapten previamente sus vidas.

El niño va una hora al colegio.

Para conseguirlo, el padre cambia una reunión, la madre entra antes a trabajar, la abuela cancela el médico, el abuelo mueve el coche y una tía queda en situación de prealerta por si falla alguno de los anteriores.

Aibalaostia.

Eso no es un periodo de adaptación.

Eso es un dispositivo especial de San Fermín.

Y lo mejor es que preguntas por ahí y todas las familias están parecido.

—¿Vosotros cómo os organizáis?

—Con los abuelos.

—Ah.

Y no hace falta decir más.

Porque en Navarra “con los abuelos” es un modelo de conciliación perfectamente homologado.

Luego hablamos mucho de conciliación laboral y familiar.

Planes.

Informes.

Mesas de trabajo.

Campañas.

Pero llega septiembre, el colegio te manda un papel diciendo que el martes tu hijo sale a las 10:40 y toda la política de conciliación del país se resume en coger el teléfono y decir:

—Ama, una cosica…

Y ahí está la pobre mujer, que igual llevaba treinta años esperando jubilarse para hacer lo que le diera la gana.

Pues no.

A las 10:40 en el colegio.

Eso sí: probablemente el nieto encantado.

Porque sale del cole, aparece el abuelo y comienza el verdadero programa educativo:

Parque.

Galleta.

Otra galleta.

—No le des más, que luego no come.

Otra galleta.

Y para cuando llegamos nosotros a las siete de la tarde, preguntamos:

—¿Qué tal ha ido?

Y nos contestan:

—Fenomenal.

El niño adaptado.

Los abuelos reventados.

Los padres sin saber qué horario toca mañana.

Pero fenomenal.

Así que sí: supongo que el periodo de adaptación tiene todo el sentido del mundo.

Pero cada septiembre, viendo el calendario del colegio pegado en la nevera, con sus horas, sus grupos y sus flechas, no puedo evitar pensar:

¿Tan mal hemos llegado hasta aquí?

Porque nosotros entrábamos al colegio el primer día, nos dejaban allí y nos recogían cuando tocaba.

Ahora para que un niño pase una hora en clase hace falta una organización que ya quisiera Osasuna para un desplazamiento europeo.

Hemos avanzado.

Seguro.

Pero mientras encontramos la conciliación definitiva, quizá los colegios deberían simplificar la circular de septiembre.

MATERIAL NECESARIO PARA EL PERIODO DE ADAPTACIÓN:

Una mochila.

Un almuerzo.

Ropa cómoda.

Una muda.

Y un abuelo con disponibilidad inmediata.

Y si tienes dos, majo…

ya puedes considerarte familia numerosa en recursos.


 

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