Segunda entrega de «Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo)», el libro recorre la novela capítulo a capítulo en compañía de cuatro siglos de lectores, y sostiene una tesis: el Quijote es, sobre todo, ironía, eso que tanto ayuda a vivir.
J. Miguel Espinosa Infante propone una manera distinta de acercarse a la obra fundamental de la literatura española. Don Cervantes de la Mancha no se limita a contar el Quijote: se propone mostrar el Quijote que ha llegado hasta nosotros después de cuatrocientos años de lecturas.
Tres voces en un solo libro
El libro es, simultáneamente, tres cosas. Es transcripción, porque en los pasajes esenciales cede la palabra al texto de Cervantes y deja que suene íntegra su voz. Es reconstrucción, porque lo que no se transcribe se narra «a la manera de», intentando mantener el tono de la novela y haciendo el texto accesible al lector del siglo XXI sin vulgarizarlo, de modo que se avanza por la historia entera sin salir nunca de ella. Y es comentario, porque cada episodio viene acompañado de lo que sobre él han dicho los mejores lectores que ha tenido la obra. El propio autor lo define bien: un cuento que el cuentacuentos va iluminando según lo cuenta, de tal manera que se vea todo lo que lleva dentro.
Lo que no es
Conviene decir también lo que no es. No es un ensayo de crítica literaria ni un estudio filológico. Y desde luego no es una versión adaptada, ni simplificada, ni reducida, ni un sucedáneo que dispense de leer el Quijote. Va exactamente en la dirección contraria: no quita, añade. Es una traslación enriquecida —el Quijote con todo lo que el Quijote ha ido acumulando en cuatro siglos: lo que sabemos de su autor, lo que se ha discutido de cada episodio, lo que en él han visto sus mejores lectores— y aspira a algo muy concreto: ser la mejor invitación posible al original. Quien llegue al final no habrá sustituido la novela de Cervantes; tendrá ganas de leerla, y la leerá mejor.
¿Un Quijote con comento?
La objeción es previsible, y es vieja. La respondió ya en el siglo XVIII fray Martín Sarmiento, el primero que reclamó un Quijote anotado, y el libro hace suya su respuesta.
«Dirá alguno que será cosa ridícula un Quijote con comento. Digo que más ridícula cosa será leerle sin entenderle». (Fray Martín Sarmiento, citado en Don Cervantes de la Mancha)
En la misma línea, y con una imagen que le viene al libro como anillo al dedo, el autor recurre a Logan Pearsall Smith: cuántos paisajes descuidará el viajero sin guía, y cuántas bellezas se perderá el lector de las grandes obras si rehúsa leer libros sobre ellas. Por estas páginas pasan cervantistas, escritores, críticos e intelectuales que han pensado la novela —Martín de Riquer, Nabokov y Javier Marías, autores de sendos cursos sobre el Quijote; Américo Castro y Unamuno; Madariaga y Azorín; Francisco Rico, Avalle-Arce, Anthony Close, E. C. Riley; Harold Bloom, Borges, Pedro Salinas, Francisco Ayala; Trapiello, Canavaggio, Muñoz Molina, Javier Cercas, Pérez-Reverte—, y por encima de todos ellos, Gonzalo Torrente Ballester, cuya tesis del Quijote como juego preside la concepción del libro.
De Lepanto a la coda
El recorrido empieza con una semblanza de Miguel de Cervantes: los años más oscuros y peor documentados de su juventud —el nacimiento y los primeros domicilios inciertos, los estudios que nadie ha logrado precisar, la huida a Roma—, y después Lepanto, el cautiverio de Argel, la postergación del veterano, los oficios ingratos, la cárcel, el éxito tardío y escasamente productivo. La razón es que el autor está convencido de que pocas obras literarias como el Quijote están tan estrechamente ligadas a la biografía de quien las escribió. Siguen la Primera y la Segunda Parte (las historias del Ingenioso hidalgo y del Ingenioso caballero) capítulo a capítulo. Y cierra una coda interpretativa donde el autor toma partido: frente a quienes, como Nabokov, vieron en la novela una enciclopedia de la crueldad, aquí se defiende que el Quijote es ironía —no sátira, no desprecio—, la clase de ironía que enseña a amar a los frágiles, porque quien ríe con don Quijote acaba sabiendo reírse de sí mismo y, con ello, aprende a afrontar mejor las adversidades.
Un volumen del mapa que puede leerse solo
Don Cervantes de la Mancha es la segunda entrega de Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo), la serie que Espinosa Infante concibe como legado intelectual y afectivo para su hijo, y cuya primera entrega es Miscelánea. A diferencia de aquélla, que era una silva de varia lección, aquí el tema es único —aunque universal y múltiple—, de modo que el libro puede leerse con total independencia del anterior. La razón de dedicar un volumen entero a una sola novela la explica el propio autor: el Quijote es, por sí solo, un tramo gigantesco de esa ruta del tesoro que es la cultura, una summa del conocimiento humano. A esta entrega quieren seguir la economía, la historia y la política; el arte, la música y el teatro —con un redescubrimiento de Shakespeare—; la ciencia, la religión… Un plan que José Antonio Marina, al presentar el primer volumen en el Ateneo de Madrid, resumió como un ambicioso y brillante empeño para que los padres se eduquen a sí mismos a fin de poder después educar a sus hijos.
Sobre el autor
J. Miguel Espinosa Infante (1966). Su relación con la literatura empezó pronto: siendo adolescente obtuvo un premio literario provincial en Ciudad Real por el relato Y Teseo limpió su espada sin saber con qué lo hacía, texto que, como otras obras de juventud, se ha perdido con los años. En 1989 recibió la Medalla de Narrativa Nueva Gente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles por la lectura de dos relatos, El clamor y El teorema de Pitágoras. Licenciado en Derecho y oficial de notaría, es autor además de diversas publicaciones jurídicas. Ambas trayectorias, la literaria y la jurídica, convergen ahora en Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo). Después de décadas entre textos jurídicos y literarios, entre lecturas y experiencias, Espinosa Infante vuelve en estas páginas a una de las preguntas esenciales de la escritura: qué merece la pena contar y qué merece la pena conservar.










