Primera entrega de «Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo)», la serie con la que J. Miguel Espinosa Infante se propone entregar la cultura en forma de herencia. El libro se va abriendo paso por el camino más lento y más fiable: el de la recomendación de los propios lectores.
Una película de vikingos un sábado por la tarde, una visita al zoo, la subida a un castillo, una discusión doméstica sobre los buenos modales. J. Miguel Espinosa Infante parte de una convicción sencilla y exigente: cada una de esas vivencias corrientes es una oportunidad educativa, y de cualquiera de ellas arranca un hilo que, si se sigue, lleva mucho más lejos de lo que parecía. De los vikingos a las sagas islandesas; de los animales del zoo a las historias naturales de los antiguos; del castillo a la materia artúrica y a la caballería medieval. De ese ejercicio, repetido durante años, ha salido Miscelánea, primera entrega de Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo).
No es un manual de instrucciones para vivir ni un libro de crianza. Es un mapa hecho de historias, recuerdos, lecturas, películas, personajes, advertencias y reflexiones, con el que un padre intenta poner al alcance de su hijo el mundo más vasto posible. El tesoro que ese mapa promete es la cultura, y las etapas de la ruta son las distintas áreas del saber que convendría recorrer. No conduce a un cofre; conduce, acaso, a una vida más anchurosa.
De ese alcance deliberadamente desmedido dio cuenta el filósofo José Antonio Marina: al presentar el libro en el Ateneo de Madrid, lo consideró un ambicioso empeño, una tarea enorme y brillante destinada a que los padres se eduquen a sí mismos para que después puedan educar a sus hijos.
Contra el apagón cultural
Bajo la erudición late una urgencia. El libro está escrito desde la conciencia de que el tiempo que un padre comparte con un hijo es limitado y de que no habrá ocasión de contarlo todo. También late la aprensión ante un apagón cultural, esa posibilidad de que toda una generación crezca desconectada de aquello que explica el mundo en que vive. Quien no sabe de dónde viene ese mundo carece de claves para interpretarlo y, por tanto, es menos libre. De ahí también la forma del libro: fragmentos, digresiones y descubrimientos, en lugar de un sistema cerrado o unas lecciones definitivas, porque una vida también se construye con retazos.
«Todo esto (verte crecer) me distrajo del cuento que te prometí de reyes y elfos y princesas y brujos y dragones, pero te entrego a cambio un mapa del tesoro que te permitirá descubrir muchas otras historias». (Dedicatoria de «Miscelánea»)
Un método declarado: alegar a otros
El libro se abre con una Justificación que fija el procedimiento de toda la serie y explica su tono. Convencido, con Montaigne, de que está demasiado mal instruido para instruir a nadie, el autor renuncia a la autoridad propia y se propone alegar a los demás: recurrir a quienes sí la tienen, citarlos, ponerlos a conversar entre sí.
La nómina de esas autoridades arranca en Homero y Heródoto, en Platón y Aristóteles, en Séneca y Marco Aurelio, pasa por Montaigne y lord Chesterfield —autor de unas Cartas a su hijo que son referencia obligada en la materia—, sigue por Bertrand Russell y Ortega, se demora en Gianni Rodari, que enseñó a tantos padres a fabricar historias, alcanza a George Steiner, Umberto Eco o Nuccio Ordine, y llega a algunas de las mentes más lúcidas de hoy: José Antonio Marina, Fernando Savater, Claudio Magris, André Comte-Sponville o Michel Onfray. De ahí que Miscelánea funcione a la vez como lectura y como biblioteca: cada página remite a otras, y el lector adulto encuentra en ella un itinerario de descubrimientos tanto como el hijo al que se dirige.
Todo cabe en el mapa
Por sus páginas desfilan la Ilíada y las leyendas artúricas, Las mil y una noches y Un mundo feliz, los cuentos de hadas y Lovecraft, Robin Hood y Leónidas de Esparta, los vikingos y los conquistadores, el Cantar de los nibelungos y Los tres mosqueteros —que, como recuerda el autor, en realidad eran cuatro—. También el cine —desde Las tortugas Ninja hasta Ciudadano Kane—; el fútbol y el ajedrez; los piratas, los atlas antiguos y el Kraken; el Arca de Noé y los jardines colgantes de Babilonia; el Ratoncito Pérez y los Reyes Magos; la amistad, la cortesía, la educación, el aburrimiento o los peligros de las drogas.
Se trata de una silva de varia lección, un dietario paterno de vocación enciclopédica —enciclopedia en su sentido griego, el círculo entero del saber, aquello que ha de transmitirse para que quien llega después no empiece de cero—. Cada puerta da acceso a un camino distinto y propone al padre y al hijo, y por extensión al lector, diversos descubrimientos posibles: el lenguaje, la literatura, el cine, la historia, la ética o la mitología dejan de ser compartimentos estancos para convertirse en piezas de una misma aventura intelectual.
El resultado es una obra difícil de encerrar en un único género: memoria, ensayo, pedagogía, literatura y conversación entre generaciones. Un libro que reivindica la curiosidad como una de las grandes herramientas para vivir, al tiempo que cuestiona algunas de las certezas y modas contemporáneas. Frente a los libros que prometen recetas para alcanzar la felicidad, el autor recomienda a Lovecraft; frente a una educación que prescribe o adoctrina, apuesta por darles herramientas para que aprendan a pensar por sí mismos; y frente al aburrimiento, propone el inagotable territorio de las historias.
Primera entrega de una serie
Miscelánea inaugura Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo). La segunda entrega, Don Cervantes de la Mancha, dedicada íntegramente a Cervantes y al Quijote, también está ya publicada. A ellas quieren seguir la historia, la política y la economía; el arte, la música y el teatro —con un redescubrimiento de Shakespeare—; la ciencia, la religión… La enumeración queda abierta a propósito; el propósito, no: se trata de que ningún territorio del mapa quede sin cartografiar antes de entregarlo.
Sobre el autor
J. Miguel Espinosa Infante (1966). Su relación con la literatura empezó pronto: siendo adolescente obtuvo un premio literario provincial en Ciudad Real por el relato Y Teseo limpió su espada sin saber con qué lo hacía, texto que, como otras obras de juventud, se ha perdido con los años. En 1989 recibió la Medalla de Narrativa Nueva Gente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles por la lectura de dos relatos, El clamor y El teorema de Pitágoras. Licenciado en Derecho y oficial de notaría, es autor además de diversas publicaciones jurídicas. Ambas trayectorias, la literaria y la jurídica, convergen ahora en Mapa del tesoro (Fragmentos para mi hijo). Después de décadas entre textos jurídicos y literarios, entre lecturas y experiencias, Espinosa Infante vuelve en estas páginas a una de las preguntas esenciales de la escritura: qué merece la pena contar y qué merece la pena conservar.










