Hace unos años, en un pequeño estudio de yoga del barrio de Gràcia, en Barcelona, una escena aparentemente trivial desencadenó algo inesperado.
Era un martes por la mañana. En recepción, una alumna preguntaba si aún tenía clases disponibles en su bono. La recepcionista abrió varias ventanas del sistema, esperó, volvió a hacer clic. El programa se congeló. La alumna miraba el reloj. La clase estaba a punto de empezar.
Situaciones así no eran raras. Sistemas lentos, datos que no cuadraban, pagos duplicados o perdidos. Y, cuando algo fallaba, semanas esperando respuesta del soporte técnico. Quien observaba aquella escena era desarrollador de software… y alumno del estudio.
Ese día empezó una pregunta que no lo dejaría tranquilo: ¿Y si el problema no era el estudio, sino el software?
El descubrimiento: el yoga no funciona como otros negocios
Durante meses, comenzó a observar cómo funcionaban realmente los estudios desde dentro. Descubrió algo que hoy parece obvio para quienes viven ese mundo: la mayoría del software estaba pensado como sistemas genéricos de reservas, iguales para peluquerías, gimnasios o talleres. Pero un estudio de yoga no funciona así.
Bonos con caducidades distintas. Clases con niveles. Normas específicas según el estilo. Comunidades que funcionan casi como familias. Cada estudio con su propia filosofía.
La conclusión fue clara: el problema no era que los estudios no supieran usar tecnología. Era que la tecnología no estaba diseñada para ellos. Tres meses dentro del estudio… y un primer prototipo. Durante tres meses, el desarrollador se convirtió en una presencia constante en el estudio: desde la apertura hasta el cierre. Observando reservas, cancelaciones, pagos, incidencias reales.
El objetivo no era crear “otro software”. Era crear algo que se sintiera natural para quien trabaja en un estudio de yoga. El primer prototipo lo probó la recepcionista. Registró reservas, bonos, pagos.
Su reacción fue simple: “Es… fácil”.
Ese fue el nacimiento de OPEN, una plataforma creada literalmente dentro de un estudio de yoga. De un estudio a una comunidad.
El primer cliente fue ese mismo estudio. Después llegaron otros, principalmente por recomendación entre profesores y propietarios. Cada nuevo estudio traía necesidades distintas. Uno necesitaba gestionar niveles en Ashtanga. Otro, seguimiento de trimestres en yoga prenatal. Otro combinaba yoga, meditación y bienestar. En lugar de vender módulos extra, la idea era distinta: si una mejora ayudaba a un estudio, pasaba a formar parte del sistema para todos. Con el tiempo, OPEN pasó de ser una herramienta a algo más parecido a una comunidad tecnológica construida junto a los propios estudios. La historia que resume todo
Uno de los casos que mejor explica el impacto real llegó años después. Lucía, profesora de yoga, quería abrir su primer estudio en Madrid. Tenía experiencia enseñando, pero ninguna gestionando un negocio. Lo que más le preocupaba no era el yoga. Era todo lo demás: reservas, pagos, comunicación, administración. En su primera semana usando OPEN, ya gestionaba reservas reales.
En pocos meses, el estudio empezó a crecer. Pero lo más importante no fue el crecimiento en sí. Fue el tiempo que recuperó. Menos horas en tareas administrativas. Más horas en alumnos, en clases, en comunidad.
La idea detrás de OPEN
Cinco años después de aquella escena en Gràcia, la plataforma se utiliza en decenas de estudios en España y Europa. Pero su filosofía sigue siendo la misma: El software debería adaptarse a cómo trabaja un estudio. No al revés.
En un sector tan basado en comunidad, confianza y experiencia humana, la tecnología no debería ser el centro. Debería ser invisible. Tecnología que no se nota.
Quizá la mayor ambición de OPEN no es ser “el software más potente”. Es ser el que menos se nota. El que permite que un estudio funcione sin fricción.
El que deja a los profesores centrarse en lo que realmente importa.
El que entiende que el yoga no es solo un negocio: es una comunidad.
Y todo empezó con una pantalla congelada en una recepción de Barcelona.





